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lunes, 14 de mayo de 2012

Lectura reflexiva

Una lectura reflexiva requiere un lector que gira sobre sí mismo mientras lee un texto y reconsidera «críticamente» lo que va obteniendo de esa experiencia. Girar sobre uno mismo es igual a pensar sobre lo ya pensado; y hacerlo críticamente consiste en comparar lo obtenido con algún criterio y detectar, si existiera, algún problema (inconsistencias, lagunas o errores) que impulse la necesidad de engendrar alguna idea reparadora. En otras palabras, la lectura reflexiva depende de un doble y sofisticadísimo movimiento:
*Detectar inconsistencias en uno mismo, lo que supone que el lector toma como objeto de conocimiento su propio conocimiento, que es la esencia de lo que se denomina metacognición
*Reparar esas fracturas, involucrándose activamente en resolverlas, que es la esencia de un comportamiento estratégico.
Una lectura reflexiva hace que el lector detecte sus propias inconsistencias y las repare. Esto supone una actividad compleja que no puede realizarse más que proporcionando al alumno un motivo poderoso que le empuje a ejecutarla.
Por el contrario, si un lector emprende una lectura menos concienzuda, en la que únicamente busca identificar de qué trata el texto –«la superconductividad»– o hacerse con una idea global del mismo –«la temperatura de los materiales es muy importante para la superconductividad»–, la inconsistencia puede pasar desapercibida. Esto mismo ocurriría si un lector sólo fuera capaz de estas dos mismas operaciones.
EJEMPLO DE UNA LECTURA REFLEXIVA:
¿CUÁNTO GANAS AL DÍA?
- Papi, ¿Cuánto ganas por hora?- Con voz tímida y ojos de admiración, un pequeño recibía así a su padre al término de su trabajo.
El padre dirigió un gesto severo al niño y repuso: - Mira hijo, informes ni tu madre los conoce. No me molestes que estoy cansado
  Pero Papi, - insistía – dime por favor ¿Cuánto ganas por hora?
La reacción del padre fue menos severa. Sólo contestó – Cuatro soles por hora.
  Papi, ¿Me podrías prestar dos soles? – Preguntó el pequeño.
El padre montó en cólera y tratando con brusquedad al niño le dijo:
  Así que, esa era la razón para saber lo que gano. Vete a dormir y no molestes, muchacho aprovechado.
Había caído la noche. El padre había meditado sobre lo sucedido y se sentía culpable. Tal vez su hijo quería comprar algo. En fin, descargando su conciencia dolida, se asomó al dormitorio de su hijo. Con voz baja preguntó al pequeño:
  ¿Duermes, hijo?
  Dime, Papi, - respondió entre sueños.
  Perdóname por haberte tratado con tan poca paciencia; aquí tienes el dinero que me pediste, - respondió el padre.
  Gracias, Papi – contestó el pequeño y metiendo sus manitas debajo de la almohada, sacó unas monedas.
  Ahora ya completé. Tengo cuatro soles. ¿Me podrías vender una hora de tu tiempo? – preguntó el niño.


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